Mueve Dios. La renuncia de Benedicto XVI

el-papa-benedicto-xvi-renuncia-619x348Ya tenía preparada la entrada de la semana pasada cuando me llegó la noticia de la renuncia de Benedicto XVI. Recién cuando ésta inundó los medios, donde se empezaron a escuchar discursos parecidos, unos de católicos y otros de no católicos, me dieron ganas de escribir acerca del impacto personal que la noticia produjo en mí.

La renuncia de Benedicto XVI tomó por sorpresa a los cardenales que la escucharon de su boca, a su vocero y a los más prominentes vaticanistas (una especie de periodista sólo frecuente en Italia), por mucho que hoy se muestren signos y palabras del Papa que la anticiparan, como la entrevista con el periodista alemán Peter Seewald contenida en el libro Luz del mundo  de 2010. Nadie vaticinó este gesto inaudito de Benedicto XVI.

Algo se puede decir a una semana de este acontecimiento singularísimo para la Iglesia (cuyo precedente hay que ir a buscar al lejano 1415, según otra acuñación periodística) que se ha transformado también en un acontecimiento mediático, de esos a los que los medios le ofrendan generosamente páginas y minutos cada día, aunque no tengan mucho para agregar, como si hubiese que mantener el climax hasta el 28 de febrero, en que se hará efectiva la renuncia, o hasta el cónclave. No faltan intrigas palaciegas, aunque seguramente exagerarán los medios, ya que el exceso en el lenguaje hace sospechar de un defecto en la realidad noticiable. Las opiniones de diarios como El País (¡y El País!) (que aquí reproducen Página 12) son muy contradictorias. Se dice, por caso, que los grupos conservadores fueron quienes detuvieron las reformas del Papa, por ejemplo en materia de investigación de casos de pedofilia, cuando siempre se había sostenido que esos grupos mantenían al Papa en el poder.

No están menos desconcertados muchos católicos. He presenciado escenas de enojo con el Pontífice y leído un artículo de un comunicador católico, a quien conozco, que plantea que con la renuncia el Papa quebró la tradición, tan preciada para él. No puedo estar más disconforme con estas opiniones. Me atrevería a decir que quien no puede entender la renuncia de Benedicto XVI no entendió su magisterio, ni su persona. Como tuiteó Gonzalo Peltzer: luego de esta renuncia no se comprende bien porqué los papas antes no renunciaban. De aquí en más, los papas (y otras autoridades eclesiásticas ancianas) podrán pensar en paz que lo correcto en determinadas circunstancias es renunciar.

Benedicto XVI es un intelectual, un hombre sumamente espiritual, de una inteligencia extraordinaria, que, contrariamente a lo que piensan los no católicos, se ha aventurado en sus exquisitas opiniones -que siempre distinguió del dogma- mucho más allá que ningún otro Papa del siglo XX en cuestiones como la fundamentación de la ética, la libertad religiosa, la autonomía de la razón. Debatió con Jünger Habermas e invitó a Julia Kristeva a la Jornadas de la Paz de Asis. Propuso la imagen del patio de los gentiles (en alusión al templo judío, que disponía de un sitio para recibir a los no judíos) para proyectos de diálogo con los no creyentes. Conectó como nadie su reflexión teológica con la judía. Lo prueban los dos tomos de Jesús de Nazareth. Nos acercó a un Jesús amable y fascinante. Sus encíclicas plantean de modo notablemente renovado la incidencia del amor y la esperanza cristianas.

No comprendió la lógica mediática. Siempre habló como un profesor universitarios ante colegas y alumnos. Así sucedió en la Sapienza, donde no pudo hablar, y antes en Ratisbona, donde las advertencias sobre los efectos de su discurso fueron desechadas por sus colaboradores (según se cuenta en el libro Attacco a Ratzinger). Quedó atrapado en escándalos donde él era justamente quien venía a reparar la transgresión. Al calvario moral de la pedofilia se sumó el sacrificio de ser transformado en chivo expiatorio ante la opinión pública. Otra cruz fue la contumacia de los lefebvristas a quienes intentó recuperar.

La lógica del poder terreno de la Iglesia visible también le excedió. Quizo cambiar la estructura corrupta de la curia y, seguramente, se encontró con la defensa de intereses, y la división de la que habla. Su decisión no puede ser más costosa para él y a la par, más racional. Tomada con plena lucidez, el Papa cede la tarea a un sucesor con más energía para concretar las transformaciones advertidas por él. Como dice un texto que circuló ampliamente por las redes sociales Joseph Ratzinger renunció a todo en la vida. Renuncia a coronar su pontificado con la muerte y recibir la pompa fúnebre, como renunció a una ancianidad tranquila, rodeada de libros y de música, cuando fue elegido Papa en 2005.

Benedicto XVI se sintió siempre un instrumento de Dios. En su primera aparición en San Pedro se caracterizó como humilde servidor en la viña del Señor. Una idea muy poderosa de su predicación es que Dios actúa de manera imprevista, se mete en la historia de la humanidad y en la vida de las personas para solucionar los problemas que no tienen solución, para traer la novedad completa. “Ahora mueve Dios”, viene a decir el Papa justo al final de la partida. La imprevisible renuncia de Benedicto XVI puso en movimiento a la Iglesia, en donde abruptamente se revela el liderazgo del Papa entre los fieles. Este Papa inspiró a los católicos para verse como minoría, para renunciar al poder, para el diálogo racional, para la comprensión, para reconocerse limitados y ponerse del lado de los más frágiles, para dejar hacer a Dios. Entonces, el impacto que me produjo a mí la renuncia del Papa (al fin de cuentas este es mi blog) es preguntarme: ¿qué sorpresa tendrá preparada Dios también para mí en este exacto momento de mi vida?

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2 respuestas a Mueve Dios. La renuncia de Benedicto XVI

  1. Guillermo Sanchez Moreno I. dijo:

    Concuerdo con usted. Y añado esta idea: Creo que esa renuncia es el único medio que tenía Benedicto para que pudiesen ser retirados quienes deberán serlo en el momento adecuado.

  2. Pingback: Francisco, emprendedorismo y comunicación | comprensión discursiva

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