Los usos del teléfono, evidenciados por el arte

Bellico es el nombre del estupendo libro que el Espacio de la Fundación Telefónica le acaba de publicar a Martín Bonadeo. Tiene unas 90 grandes páginas con excelentes fotos a color, muchas sacadas por el mismo artista, que ilustran su muestra de fines de 2011, de instalaciones sobre teléfonos. (Hay una visita virtual en YouTube). Es muchos más que un catálogo y estoy muy conteto de que me lo haya regalado.

Creo que es Landow en su clásico libro sobre el hipertexto que recoge un breve diálogo entre Derrida y un alumno. En un departamento de Literatura de una universidad estadounidense, el profesor francés propone realizar una investigación cultural sobre el uso del teléfono. El estudiante le responde: “A mí todavía me gusta la literatura”. A lo que Derrida replica: “A mi también”. No sé si se ha hecho ese trabajo de indagar sobre la función simbólica del teléfono en la literatura: el cuento de Cortázar sobre las llamadas ligadas, esos personajes de Hemingway que intercambian palabras secas como quien habla por teléfono (según Piglia: estética del no decir), Ciudad de cristal, de Auster, que nace de unas llamadas equivocadas recibidas por el autor, tal como lo cuenta en su Cuaderno rojo. Se podrían rastrear también las apariciones del teléfono en el cine, en el argentino para no ir tan lejos: desde el teléfono blanco de las divas tipo Mirta Legrand en los años cuarenta hasta los chivos de teléfonos móviles de las películas de Suar.

En una divertida nota acerca del pensamiento mágico de las películas de Hollywood sobre el mundo de las computadoras y los dispositivos tecnológicos, Ariel Torres se detiene en lo que sucede con los celulares en el celuloide: “No me quejaré de que las baterías de los celulares o nunca se agotan o lo hacen justo cuando al guionista le conviene. No. Es peor. En las películas el móvil del protagonista se puede cargar con cualquier cargador que encuentre por ahí. ‘¡Oye, préstame eso, amigo!’, exclama el personaje, sin que un conector incompatible o una potencia inadecuada sean un obstáculo.” Ariel estuve en el último Foro de Expertos que organizó la Escuela de Posgrados en Comunicación de la Universidad Austral en AMCHAM la semana pasada.

Es verdad, en nuestra vida real el teléfono ha sido y es a la vez más ansiógeno y más cotidiano que sus representaciones literarias o fílmicas. Esos llamados a mitad de la noche que nos despiertan en un sobresalto, presagiando malas noticias. Esas conversaciones a voz en cuello para tranquilizar a la madre sorda. Esos llamados que no llegan. Los tonos de ocupado cuando necesitamos dar urgente con un ser querido. Lo que nos animamos a decir por teléfono y no personalmente. Y el recuerdo de la abstinencia del uso del teléfono en espera de que Entel le consiguiera a nuestro padre un llamado al exterior. O el recuerdo de las bromas telefónicas o del nerviosismo previo a llamar a esa amiga. Ese momento aún vigente en que los chicos de la casa se anticipan siempre a atender el teléfono con su discurso diminuto, algo ilustrado por Nanni Moretti en una de las secciones de su película Caro diaro.

Los celulares relegaron a los teléfonos a un puesto modesto en las casas de las personas mayores o en las instituciones. Hoy el smartphone es y no es una continuidad de aquel teléfono. Es una computadora portatil, que nos acompaña hasta irnos a dormir, con la que nos comunicamos, sí, por SMS, WhatsApp, o Facebook, con menos lugar para los matices de la voz y la contundencia del aparato. Para comprender la tecnología, para hacerla visible, es necesario volver atrás. Recuperar, por ejemplo, el vínculo entre el teléfono y otras innovaciones y la industria bélica, tal como nos recuerda el juego de palabras del nombre de la exposición y del libro de Martín. Bellico alude a un tiempo al inventor del teléfono, Graham Bell, y a la guerra, por la etimología del adjetivo. El registro detallado de cada una de las once piezas: objetos, instalaciones e intervenciones que conformaron la muestra, en el libro viene precedido de un claro texto de la curadora Alma Ruiz (del MOCA de Los Ángeles), suerte de guía literaria. Es muy difícil recuperar la experiencia de la muestra en un libro, por hermoso que sea, y mucho más revivirla en una entrada de blog. Sobre todo porque se trataba de obras interactivas, que invitaban a la participación: decenas de teléfonos que sonaban cuando uno entraba en su ámbito, fonadores metálicos que nos saludaban a nuestro paso, o los celulares viejos donados por los amigos que conformaron una suerte de cementerio de Arlington de teléfonos, algunos todavía en actividad, bajo el sugerente título de “Muertos vivos”. Sin embargo el arte de Martín es conceptual, empieza por las ideas y la planificación de la plasmación de ellas en las tecnologías y los materiales. Esto es evidente en la entrevista de Patricia Saragüeta con el artista y Lino Barañao, Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación, en donde se revelan en forma coral los vínculos sorprendentes entre la ciencia, el poder y la belleza.

El libro habla de comunicación y la muestra ponía en escena sus ruidos: las llamadas fallidas, los mensajes que no llegan y los grabados en el contestador que proceden del “marketing de guerra”. Martín es Doctor en Comunicación por la Universidad Austral y director de CIFRA, centro de innovación de la Facultad de Comunicación, cuyo segundo concurso de proyectos, en el que compartiremos la presidencia del jurado, vence este miércoles, by the way.

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