¿Cómo leen los jóvenes?

En el acto de defensa de mi tesis doctoral en la Universidad Nacional de La Plata, en el año 1993, se produjo un incidente que recuerdo con vergüenza ajena. En un par de ocasiones había empleado en mi texto el lugar común de la crítica de llamar a Nietzsche, Freud y Marx “filósofos de la sospecha”, sin citar la fuente por ser frase ya tan recurrida. Un miembro del tribunal protestó contra esa acuñación como si fuese una invención mía. No contesté a esa objeción porque me parecía violento aclararle a un profesor con mucha más trayectoria que yo algo que debería saber, esto es: que esa expresión no era mía. Sensación semejante tuve el lunes pasado cuando el Rector de mi universidad dijo en el discurso de apertura del curso académico que nuestros alumnos eran nativos digitales, “como dice Damián Fernández Pedemonte”. Es cierto que lo digo. Pero así insertada la cita pareciera aludir a una originalidad mía, que obviamente no es. Al contrario, “nativos digitales”, como “filósofos de la sospecha”, es designación tan difundida y usada en contextos tan variados que ya parece no designar nada.

Me regalé un Kindle. El primer libro en español que me compré fue: Superficiales. Qué está haciendo Internet en nuestras mentes, de Nicholas Carr. Lo adquirí en La casa del libro, de España. El formato en que venía se leía con Adobe Digital Editions. Tuve que registrame en ese lector. Pero no pude leerlo, salvo “on line”, porque venía con un candado DRM que impedía convertir el libro en ePub. Así que tuve que bajar de Internet un ePub DRM Removal y recién después abrirlo y cerrarlo en un formato de Kindle. Este último paso (mi cuarta intervención si contamos la de comprar y bajar el libro desde la librería digital) lo cumplí con Calibre, un programa para convertir formatos de libros (cuyas virtudes me dio a conocer el mismo que me vendió el Kindle). No se quejen las grandes tiendas de libros de la piratería si se la hacen tan difícil a uno que compra el libro.

El hecho es que leí Superficiales. También leí comentarios, como un artículo de Mario Vargas Llosa que se queda con lo apocalíptico del libro y plantea una dicotomía entre la búsqueda de información propia de la navegación y la búsqueda de conocimiento a través de la lectura de libros. Leí, asimismo, una refutación a Vargas Llosa, desde el punto de vista de la neurobiología, de Facundo Manes, investigador del Instituto Favaloro. Ni la memoria interna nuestra es tan confiable, ni es tan malo para nuestra cognición acudir a una memoria externa como Internet para recuperar datos. Esta estrategia libera “disco duro” de nuestro cerebro como para que se pueda centrar en procesos más complejos y personales. Casi al revés de lo de Vargas Llosa: con los datos accesibles en la red, nuestra mente puede abocarse a la estructuración de pensamiento, es decir a interpretar, criticar, producir. Para eso hace falta una motivación previa para comprender los textos, sin embargo. Y no sólo a mariposear por ellos.

Hablé de esto en una conferencia para docentes de la Facultad de Medicina de la Universidad Austral. Divulgativamente la titulé: “Cuando los nativos digitales llegan a la universidad”. De ahí la cita equívoca de mi Rector. La tesis de la clase estuvo al final, en una especie de cuadro de fortalezas y debilidades intelectuales de los recién llegados a la universidad. El gran problema, sobre el que mucho se habla y del que no hay prácticamente investigación empírica en Argentina, es: “¿cómo leen los jóvenes?”. Es un tema que me interesa enormemente, y también a la totalidad del sistema educativo, a las editoriales, a los medios impresos y digitales, a las gerencias de Recursos Humanos. El futuro del libro depende de esa pregunta. Hay muchas preguntas dentro de esa pregunta y atañen a otros temas muy serios como, por citar algunos: la información pública y la construcción de ciudadanía, la formación intelectual-estética y la capacidad de conceptualizar problemas prácticos.

 

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