Redes de proyectos, redes de equipos

Mi discurso a la 16 promoción de licenciados en Comunicación de la Universidd Austral, (limpio de algunas referencias arduas de entender fuera de contexto):

Hace ya varios años que hemos constatado que nuestros graduados se ubican en puestos de dirección en organizaciones. Lo que quisiera destacar esta vez es que actualmente las funciones directivas de gestión, dentro de una empresa de comunicación o de otro tipo, implican liderar proyectos y equipos humanos, siendo las dos cosas, a la larga, la misma. Las nuevas generaciones de profesionales de comunicación son emprendedores o líderes de proyectos dentro de grandes empresas: ya se trate de proyectos de patrocinio cultural, de relaciones con la comunidad o de generación de contenidos multiplataforma. Nuestros graduados están trabajando en lugares que no existían cuando estudiaban en la Austral.

Creo haber hecho una cosa bien en este tiempo como Decano: me he rodeado de los mejores. Saber rodearse no es una parte menor del arte de dirigir. Tener cerca a quienes te alienten, te corrijan y aporten iniciativas. Y alejar a los aduladores, delatores y mezquinos.

Esto es importante porque, aunque el autoritarismo resiste en Argentina, en la era de los redes, el liderazgo ya no es personalista sino multipolar: la inteligencia y la estrategia fluyen por los nodos de la red. Las organizaciones inteligentes son gestionadas por equipos cualificados.

Todos los proyectos de la Facultad que fracasaron estaban al servicio del encumbramiento de uno solo. Todos los que prosperaron, estuvieron liderados por personas capaces de animar equipos. He llegado a convencerme de que no es que necesitemos crear equipos para que salga el proyecto, si no que necesitamos proyectos para crear equipos. La Facultad de Comunicación, cualquier organización moderna, es una constelación de proyectos. Dirigir es  dar buenas ideas a las personas adecuadas. El desarrollo viene del equipo. En el diseño de una investigación o en un taller de planeamiento, por ejemplo, las novedades se producen en la interacción. Al final de la reunión nos vamos pertrechados de enfoques que no teníamos antes y que ni siquiera son la suma de los puntos de vista de cada uno: nació algo nuevo. Es que entre todos sabemos más. El equipo es una estructura: el todo es mayor a la suma de las partes, la relación misma agrega valor, novedad.

La interconexión del equipo se alimenta de confianza, flexibilidad y sentido del humor. Pero lo que más une al equipo es la misión: el vínculo afectivo de cada integrante con la esencia del proyecto. Al interior del equipo no cabe la sospecha, la envidia o la murmuración. Los equipos son redes. Hay muchas más sinapsis entre los nodos de la red que respecto de cualquier elemento de fuera. Con el afuera se admite la ironía y la competencia, pero a ningún equipo le está permitido humillar al prójimo. No hay que confundir un equipo con una banda. Por supuesto, cada uno de nosotros integra varios equipos y alguno de ellos trasciende las fronteras de la organización. Este pertenecer a varios clubes es una gran cosa: evita que ninguno de ellos monopolice nuestra actividad y nuestro corazón.

Invitado por el IAE, Ferrán Adriá el famoso chef catalán, creador de El Bulli, seguramente el mejor restaurante del mundo, fue preguntado por La Nación sobre las claves para construir un buen equipo. “Le tienes que dar al equipo lo que el equipo quiera, contestó. -¿Cómo es eso? -Hablando con ellos. (…) Pero tienes que darle lo que quieran, siempre que sea sostenible, conservando cierto equilibrio”. Más adelante se le pregunta: “¿Cuáles fueron los pedidos más frecuentes, insólitos o llamativos? -Al final lo que la gente más quiere es familia. Tiempo con su familia”.

Estoy convencido de que sólo quien antepone la familia al trabajo, sólo quien no considera al trabajo un absoluto, lo abordará con realismo, porque el trabajo no es un absoluto. En mi experiencia, las mujeres, que van ocupando todos los puestos importantes de la comunicación, han resultado más eficientes a la hora de recordarle a la organización esta verdad paradójica: sólo nos hace feliz un trabajo que se realiza sabiendo que no se puede esperar de él la felicidad. La felicidad, más bien, la solemos encontrar en el camino que va del trabajo a casa y viceversa.

Que una persona se dedique a la comunicación no quiere decir que se frustre si no llega a ser famoso, o a tener un millón de amigos en Facebook y de seguidores en Twitter. En momentos en que conviven el individualismo con la masificación tendríamos que volver a encontrar la dimensión justa para el despliegue de nuestra sociabilidad. Es mejor cuidar y ser cuidado dentro de un grupo no muy grande de amigos que contar con muchos amigos a los que se trata poco y con los que no se comparten cuestiones profundas. Un vector esencial de la cultura emergente es la proliferación de redes: relaciones de escala humana, comunidades, atmósferas donde respirar. Ya no se trata de los engranajes tayloristas, la complementariedad planificada, al servicio solo de la eficiencia y la utilidad. En estas nuevas estas estructuras la relación es más importante que el contenido del proyecto, los otros miembros del equipo son los fines del proyecto.

Cuantos más contactos mejor y los amigos de mis amigos son mis amigos y si dos amigos se conocen entre sí eso mejorará mi vínculo con cada uno de ellos. Todo eso es verdad. Pero nuestra interconexión con las redes no puede ser un algortimo, una técnica, como si se tratase de gestionar stocks de productos. Las redes que integramos tienen centros densos en vínculos afectivos y periferias de funcionales contactos. Si a estos últimos las redes sociales de Internet les llaman amigos, habrá que buscarles un nombre más significativo a los primeros. Si cada uno de mis 814 vínculos en Facebook es un amigo, cada uno de mis más entrañables vínculos profesionales, familiares y de amistad ¿qué serán? Seguramente será algo así como una hermana o un hermano, sugiero, apelando al sentido cristiano de la fraternidad.

Integrar equipos es también necesario para nuestro desarrollo personal. Aún para cultivar nuestra personalidad necesitamos de espejos, no nos conocemos bien si no por el rodeo de tratar a los demás. Los sociólogos de la interacción suelen usar la metáfora del partido de básquet, cada jugador define su propia posición en relación con los jugadores del propio equipo y del contrincante. “Saber trabajar en equipo” piden las búsquedas laborales, pero es un enunciado redundante: eso es sencillamente saber trabajar. El crecimiento profesional nos llega de los pares.

Internet expandió la idea de las redes de manera descomunal. Los wikis, los smart mobs, el fenómeno actual de que las audiencias se han convertido en productoras y distribuidoras de contenidos, serían imposibles sin Internet. La primavera árabe o las protestas de los indignados se vieron aceleradas por la web. Pero como sucede con todos los nuevos medios, la idea de las redes sociales es anterior a Internet. Hace mucho que planificamos cadenas de llamados de teléfono para avisar que no hay clases mañana o hace mucho que los obreros saben que es más rápido hacer una fila para pasarse los ladrillos que ir a buscarlos cada uno. Son ejemplos elementales de redes sociales. La diferencia de este momento, creo, es que el trabajo en equipo ya no es una opción más eficiente que otras: es la única chance de ser competitivo e innovador en la economía del saber. En el sector de la comunicación esto es evidente. Una redacción, un estudio de radio o televisión, una consultora, una agencia de marcas, son escenarios de equipos.

De manera que ustedes pasan a formar parte de una red de graduados que desde la Facultad de Comunicación procuramos cultivar cada día para que no se convierta nunca en un repertorio interesado de contratistas o proveedores. Y en breve estarán liderando equipos y proyectos. Podrán poner en práctica enseñanzas recibidas en las materias de radio, narración audiovisual, redacción o proyecto profesional y sobre todo recordar que la Facultad donde estudiaron es un conjunto de equipos creativos articulados en torno de una misma idea: poner la comunicación al servicio de las personas y servirnos unos a otros al hacer eso.

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